De lo cotidiano a lo histórico: ¿cómo los agentes históricos moldean el tiempo?
19 de noviembre de 2024
Escrito por:
Sara Clemencia Rubio Botero*
¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde?
Aquí de los antaño que he vivido
la fortuna mis tiempos ha mordido;
las horas mi locura las esconde.
Francisco de Quevedo
Un agente histórico es una persona, grupo o entidad que desempeña un papel activo y significativo en la creación, transformación o influencia de procesos históricos. Estos agentes pueden ser individuos, como líderes políticos o activistas; o colectivos, como movimientos sociales, instituciones o incluso naciones. No obstante, los agentes históricos no solo se limitan a los eventos y personas, sino que también forman parte de las estructuras económicas, sociales y geográficas que, como bien señala Fernand Braudel en su concepto de “larga duración”, actúan a lo largo de extensos períodos de tiempo [1], dejando una huella significativa en el devenir de la historia.
Para Braudel, el tiempo histórico no solo se mide por los grandes eventos o figuras destacadas, sino por el tejido subyacente que sostiene los cambios a largo plazo: las economías, los territorios y las culturas que, a menudo, pasan desapercibidos [1]. En este sentido, aunque a veces podemos sentirnos pequeños e insignificantes dentro de este vasto panorama, somos, cada uno de nosotros, agentes históricos que influimos en el curso de los acontecimientos de maneras que no siempre percibimos.
El tiempo, medido por el constante tic-tac del reloj, es un fenómeno creado por los seres humanos para entender el transcurrir de la vida. Sin embargo, para los historiadores, el tiempo no solo es una sucesión de instantes, sino una variable central para comprender los procesos que moldean las sociedades. Tal como nos muestra la larga duración de Braudel, el tiempo se puede medir en distintas escalas: corto, mediano y largo plazo [1]. En este último, las fuerzas históricas a menudo sobrepasan la vida de los individuos, haciéndonos sentir, en muchas ocasiones, insignificantes ante los grandes cambios sociales que aspiran a un futuro distante.
Esta idea de la insignificancia del presente frente a la historia se complementa con el pensamiento de Eric Hobsbawm, quien en sus estudios sobre la era de la revolución y la transformación social moderna subraya el papel de los colectivos como agentes de cambio [2]. Para Hobsbawm, la clase trabajadora, los movimientos nacionales y los partidos políticos se configuran como fuerzas que, aunque surgen de condiciones económicas y sociales específicas, son capaces de transformar sociedades enteras. A través de sus luchas, estos grupos moldean la historia, incluso si sus acciones parecen pequeñas o individuales en un momento dado [3].
De igual manera, E. P. Thompson, en su obra “La formación de la clase obrera en Inglaterra”, destaca que los agentes históricos no son simplemente producto de las circunstancias, sino que desarrollan una conciencia de clase y participan activamente en su propio destino [4]. Este enfoque sitúa a los individuos y colectivos no sólo como víctimas pasivas de la historia, sino como sujetos que tienen la capacidad de moldearla a través de sus decisiones y acciones.
Y así como en la historia, en la vida de cada individuo el tiempo también es una constante. Desde la niñez hasta la vejez, pasamos por etapas marcadas por experiencias que, aunque personales, forman parte de un proceso histórico más amplio. En la niñez, apenas somos conscientes del paso del tiempo, y sólo percibimos su avance en momentos clave. Pero es en la adolescencia cuando comenzamos a cuestionar el mundo y a definir quiénes queremos ser, marcando nuestras primeras interacciones con los cambios sociales y los grupos a los que queremos pertenecer.
En la juventud, sentimos que tenemos la energía para cambiar el mundo. Esta etapa es clave para forjar sueños y metas, para aprender teóricamente cómo funciona el mundo y comenzar a delinear el camino que queremos seguir. Sin embargo, al llegar a la adultez, nos encontramos con que las responsabilidades limitan nuestro tiempo y energía, y el reloj que marcaba nuestras primeras inquietudes se convierte en un recordatorio constante de que los días se nos escapan. Aquí, ya no se trata solo de sueños, sino de acciones concretas que tienen repercusiones en nuestras familias, en nuestras comunidades y, en última instancia, en la historia.
Finalmente, en la vejez, llegamos a una etapa donde el tiempo ya no es un tirano. Después de tantas vivencias, el reloj pierde su poder sobre nosotros, y empezamos a valorar lo simple, lo cotidiano, lo pequeño. Sin embargo, en muchas culturas, incluida la nuestra, la vejez se ve con recelo por su proximidad al fin. Esta perspectiva ignora la sabiduría que acumulan los ancianos, quienes, como agentes históricos, han vivido y experimentado cambios significativos que pueden enriquecer el presente.
A lo largo de la vida, tanto a nivel individual como colectivo, los agentes históricos se enfrentan al desafío del tiempo. Nos cuestionamos sobre lo que fue y lo que será de nuestras acciones y decisiones. Karl Marx nos ofrece una visión en la que las clases sociales, en particular la burguesía y el proletariado, son los motores de la historia, actuando como agentes históricos que, a través de la lucha de clases, transforman las sociedades [5]. Por su parte, Max Weber nos muestra cómo las ideas y los valores, como los expresados en “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, pueden influir profundamente en la acción social y convertirse en fuerzas de cambio [6].
Pero, ¿qué sería de nosotros sin esta reflexión constante sobre el tiempo? ¿Y qué sería de la historia si no pudiéramos encontrar, en los textos, relatos orales, objetos materiales o fotografías, los vestigios de aquellos otros agentes históricos que vinieron antes que nosotros? La historia no es solo una narración del pasado, sino una construcción constante del presente, en la que cada acción, cada decisión, por pequeña que parezca, forma parte del entramado que moldea el futuro.
A menudo, como agentes históricos, nos centramos tanto en nuestro propio tiempo que olvidamos lo valioso que es simplemente estar vivos y poder compartir nuestro presente con otros agentes históricos. Esta convivencia nos permite aprender de las experiencias pasadas y, al mismo tiempo, construir un legado que otros estudiarán y vivirán en el futuro. El estudio de los agentes históricos que ya no están nos recuerda que la historia no es una serie de eventos distantes, sino un proceso vivo en el que todos estamos involucrados, y que el cambio no es exclusivo de los grandes líderes o momentos, sino que también reside en las acciones cotidianas de personas comunes que, de una forma u otra, dejan su huella en el mundo.
Referencias
- [1] Braudel, F. (1958). La historia y las ciencias sociales: La larga duración. Annales. Histoire, Sciences Sociales, 13(4), 725-753.
- [2] Hobsbawm, E. (1994). The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991. Michael Joseph.
- [3] Hobsbawm, E. (1962). The Age of Revolution: 1789-1848. Weidenfeld & Nicolson.
- [4] Thompson, E. P. (1963). The Making of the English Working Class. Victor Gollancz Ltd.
- [5] Marx, K. (1867). El capital: crítica de la economía política. Verlag von Otto Meisner.
- [6] Weber, M. (1905). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. C. Scribner’s Sons.
** Fuente de la imagen: https://www.pexels.com/es-es/foto/reloj-cronografo-redondo-plateado-552598/
*Investigadora del Centro de Investigación de Cambio Climático y Derechos Humanos de la Fundación Grothendieck. Magíster en Historia de la Universidad de los Andes, politóloga, con énfasis en gobierno y relaciones internacionales de la Universidad Autónoma de Manizales, tecnóloga en Negocios internacionales del Sena- Regional Tolima.
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